Miguel Fernández Campón

(Cáceres, 1981)

Tú y yo no somos como todo el mundo. Aunque la frase hace su aparición en una secuencia de La piel que Habito (Pedro Almodóvar, 2011), podría estar contenida en cualquiera de los guiones escritos por el director. Extensible a muchos personajes singulares de sus películas, anuncia la creación de una pequeña comunidad de seres que, impulsados por un destino extravagante, exploran las diferencias infinitas de la existencia hasta exceder sus límites, hundiéndose en anomalías tragicómicas de fracasos y triunfos cotidianos. Podría ser una frase pronunciada, en algún momento de nuestra vida, por cualquiera de nosotros, como sucede en esta ocasión, donde designa el título de una muestra dedicada a Pedro Almodóvar en la que veinte artistas e ilustradores interpretan, desde maneras de mirar y sentir heterodoxas, las veinte películas que componen su filmografía, desvelando un universo alternativo de posibilidades estéticas. Los artistas, a su modo, han trazado un hilo invisible que los une a cada una de las historias, hasta llegar a construir un mundo distinto, próximo, extraño, confidencial y auténtico, semejante a los excéntricos relatos fílmicos almodovarianos.

Tú y yo no somos como todo el mundo es, por ello, un juego expositivo que ejerce un particular y esencial magnetismo. Más que proponer un recorrido cronológico o temático que establezca sentidos unívocos, la exposición deja hablar al espectador. A la espera de su voz, le cede la palabra. Aguarda hasta que aparecen las emociones vitales que nos conmueven y nos representan, cualquiera que estas sean. Y es que, cuando entramos en la Sala de Arte El Brocense, la encontramos transformada en un discreto salón de espejos. La superficie reflectante del metacrilato con que han sido producidas las obras llena el espacio de reflejos. Los espejos,  tantas veces utilizados por Almodóvar como artefacto poético, son aquí una zona de encuentro entre el yo y el otro. Si, como escribe Burckhardt, este objeto sirvió para hacer explícita la invención moderna del sí mismo, aquí funciona como superficie de diálogo y desdoblamiento. El visitante, al reflejarse en las obras, se confunde con ellas, convirtiéndose en un sujeto permeable y cambiante, capaz de conectar y desencadenar cientos de asociaciones disparatadas que le harán asistir a la disolución de sus pensamientos y hábitos cotidianos, aceptando la aventura de deslizarse por todos los yoes que nunca fueron.

Hay multitud de recorridos, tantos como subjetividades y modos de ser. Podemos, por ejemplo, encontrarnos con los personajes multicolores, irreverentes y desinhibidos de Pepi Luci Bom y otras chicas del montón (Fermín Solís), tal vez habitando en uno de los bloques de pisos de la periferia madrileña, como sucede en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (Chema García), donde siempre permanece, mágicamente, una belleza que no olvida lo extraordinario de la insignificancia. Descubrimos, al mismo tiempo, todo un álbum de retratos. Patty Diphusa, dibujada en un tondo renacentista, aparece junto a una nota escrita con pintalabios que promete hacernos felices en Laberinto de Pasiones (Aitor Saraiba). Marisa Paredes aspira el olor de una planta de extrema delicadeza que ha crecido desde su pecho en La flor de mi secreto (Ester García). Una mujer-bosque se llena de recuerdos en la exquisitez melancólica de Julieta (María Polán). Todo puede volverse otra cosa. Aquí la estructura del mundo es tan abierta como la risa, pues posee la comicidad hilarante y la locura de un surrealismo kitsch tan grande como la licuadora de Mujeres al borde de un ataque de nervios (Julia Bereciartu), tan radical, paranoide, punzante e infantil como Kika (Loreta Lion), o tan indefinida como los matices de la sexualidad que emergen en un avión que sobrevuela el cielo quijotesco de La mancha en Los amantes pasajeros (Sito Recuero).

No es necesario seguir el orden de los números. ¿Por qué no guiarse por los colores de la carta de ajuste, por las formas del Braille o por alguna voz que creíamos olvidada?

Es posible cortar subersivamente las historias, tantas veces como queramos, hasta hacerlas nuestras, seccionarlas con la cuchilla buñuelesca que sintetiza lo acaecido en el convento de las monjas alucinógenas de Entre tinieblas (Sean Mackaoui) y desprendernos de los relatos de La mala educación (Javier Jubera) donde confluyen confesiones imposibles ante un poder excesivo que inicia traducciones de seducción y deseo. Un espacio de exposiciones es también una anécdota de la genitalidad, un espacio-bañera donde el espectador avanza como el buzo que conduce el cohete masturbatorio de ¡Átame! (Cayetano Casas), en un contrapicado que invita a subir por las escaleras erotizadas de Carne Trémula (Cristina Borobia). Los ojos pueden, allí, ser arrastrados por pulsiones donde se superponen el amor y la violencia, como en la brutalidad sentimental de La ley del deseo (Julio Antonio Blasco) o en las gotas de sangre que sirven para poner el punto y final de la muerte en Matador (Borja González). Un espacio donde conviven la mirada del autor, del director y del espectador puede derivar, incluso, en una pizarra que muestra la síntesis visual de las pasiones dramatúrgicas de Tacones Lejanos (Mayte Alvarado) o el optimismo esquemático del retorno a lo absolutamente familiar de Volver (Marta Altés). También, en el paraguas de colores vivos y plurales de Todo sobre mi madre (José Luis Ágreda) suspendido sobre nosotros mientras vemos, a lo lejos, el accidente incomprensible e inaceptable que  inaugura el motor desorbitado de nuestras historias.

Hay espectadores que guardan una pistola sin balas junto a su corazón. A ellos les está permitido ver más tiempo las coloraciones de los acontecimientos ruborizados. Porque es posible que aquello que arrastra nuestras percepciones termine por hacer explotar las cosas hacia superficies planas, como si se tratara de diagramas o de intensidades condensadas que devienen sensaciones. Así sucede en el entrecruzamiento sutil entre el mundo taurino y la danza que muestra la interpretación baconiana de Hable con ella (Fidel Martínez). En todas las posibilidades, en todas las transformaciones, en todos los reflejos, podemos, por último, llegar a devenir imperceptibles, a través de la estetización máxima de la memoria, la ceguera y el tacto errado de Los abrazos rotos (Lou Germain), o en lo frágil e inmaterial de la identidad desaparecida e inaccesible que articula La piel que habito (Jonatan Carranza), donde la epidermis nos devuelve la imagen de una sala de espejos deformados.

Tú y yo no somos como todo el mundo nos hace, así, girar por el espacio, como si lo recorriéramos a través del metraje de una película, como si fuéramos fotogramas ilusorios expedidos por una impresora que aligera la vida. Nos imaginamos, entonces, sobre un escenario construido a medida, ensayando una primera toma ante el objetivo: escribimos en el ordenador un texto sobre una exposición, un homenaje a Pedro Almodóvar, y sabemos, a pesar de la imperfección de la escena, que estamos rodando un plano que guarda una cierta similitud con aquello que soñamos de nosotros mismos.

Miguel F. Campón

Doctor en Historia del Arte (UEX), Máster en Filosofía (Especialidad en Pensamiento Contemporáneo, UNED), Máster en Museología (UAH), escritor y comisario, ha trabajado en instituciones como MNCARS (Madrid) o colaborado con el Centro de Artes Visuales Fundación Helga de Alvear (Cáceres), realizando estancias en la Fondazione Primo Conti (Fiesole) y en el MART (Rovereto). Su experiencia investigadora se centra en la interpretación del arte contemporáneo desde perspectivas post-estructuralistas. Actualmente es co-director, junto a José Delgado Periñán, del proyecto de comisariado Sur noir.